Hay libros que transforman una disciplina, y hay libros que le dan un lenguaje común. El libro del que aquí se habla logró las dos cosas – y ni siquiera es especialmente grueso.
Cuando Monica McGoldrick y Randy Gerson publicaron en 1985 su obra «Genograms: Assessment and Intervention», aquello fue menos una publicación académica que un proyecto de traducción: tradujeron el caos de los diagramas familiares individuales a un lenguaje que todos podían entender.
Por primera vez existía una estandarización vinculante que se enfrentaba también a las preguntas incómodas: ¿Cómo se dibuja un divorcio? ¿Cómo un nacimiento sin vida? ¿Cómo se representa que dos personas viven en el mismo piso pero llevan años sin dirigirse la palabra? Son preguntas que los árboles genealógicos nunca se habían planteado, porque los árboles genealógicos son más educados que los genogramas.
Familias célebres en el genograma
Pero McGoldrick y Gerson fueron lo bastante inteligentes como para no quedarse en áridos catálogos de símbolos. Hicieron algo que los autores de libros de texto raramente hacen: convirtieron su libro en entretenido. Y lo lograron analizando los genogramas de familias célebres, con el resultado de que la teoría abstracta se volvió de pronto tan absorbente como una buena novela.
Los Kennedy: tres generaciones repletas de ambiciones, tragedias y patrones asombrosamente recurrentes. En el genograma, la historia familiar se leía como un estudio sobre qué ocurre cuando un patriarca eleva la presión hasta el punto en que sigue impulsando a sus descendientes desde la tumba.
Los Freud: no deja de tener cierta ironía que el fundador del psicoanálisis tuviera precisamente un genograma familiar que se lee como un manual de su propia teoría, con compleja relación materna, intrincados vínculos de parentesco y material suficiente para varias tesis doctorales.
Las Brontë: ¿Cómo pudo una familia que conoció tanta pérdida producir al mismo tiempo a tres de las escritoras más importantes de la literatura inglesa? El genograma ofrecía pistas, y eran menos románticas de lo que el mito sugiere.
El libro se convirtió en obra de referencia mundial, fue traducido a numerosos idiomas y conoció cuatro ediciones, la última en 2020 con Sueli Petry como nueva coautora. Lo que empezó como una herramienta para terapeutas se convirtió en lectura obligatoria de toda una disciplina.
Una pérdida trágica
La historia tiene una sombra, y cae precisamente sobre quien más la hizo posible. Randy Gerson, el coautor y visionario, murió en 1995 de leucemia, a principios de los cuarenta años. No llegó a ver cómo su obra se convertía en estándar mundial, una de esas ironías que uno encuentra tan a menudo en los genogramas y que duelen igual en la vida propia que en la ajena.
Gerson había tenido, no obstante, una idea que se adelantó décadas a su tiempo: fundó una empresa llamada GenoWare y desarrolló uno de los primeros programas informáticos para dibujar genogramas. Mientras sus colegas seguían luchando con lápiz y goma de borrar, él veía ya el futuro digital del trabajo con genogramas, y también en eso el tiempo le daría la razón a título póstumo.