A mediados de los años 60, la terapia familiar tenía un problema que ella misma habría podido analizar perfectamente: falta de comunicación. Todos dibujaban diagramas familiares, pero nadie los llamaba igual.
«Family diagram», «family tree chart», «intergenerational map» – los términos eran tan variados como los terapeutas que los usaban. Lo que faltaba era un nombre que captara la esencia del asunto, y lo paradójico era que una disciplina consagrada a comprender la comunicación fracasara en la propia.
La solución llegó hacia 1972 de la mano de Philip Guerin, un discípulo de Murray Bowen que al parecer no solo pensaba sistémicamente sino que también sabía griego. Combinó genos (descendencia, linaje) y gramma (escrito, registro) para crear el «genogram» – y ofreció así una palabra que dejaba claro de inmediato de qué se trataba, sin necesidad de consultar ningún diccionario.
Un nombre bonito, sin duda. Pero un nombre solo no hace un lenguaje común. Lo que el joven genograma necesitaba con más urgencia era una estandarización. Porque en los años 70 cada terapeuta dibujaba sus diagramas familiares según su propio criterio: círculos aquí, cuadrados allá, líneas en todas direcciones. Un genograma hecho en Nueva York era apenas legible en California, lo que resultaba más o menos tan útil como un mapa que solo entiende quien lo ha dibujado.
Los pioneros de la terapia familiar
Era, en todo caso, una época en que la terapia familiar en Estados Unidos vivía su momento de esplendor y no escaseaban las grandes personalidades:
Salvador Minuchin (1921–2017), el pediatra argentino que desarrolló la Terapia Familiar Estructural en los barrios marginales de Nueva York. Trabajó con familias que los terapeutas académicos habían catalogado como «inalcanzables» – y demostró que inalcanzable suele significar solo que el terapeuta no ha llegado suficientemente lejos.
Virginia Satir (1916–1988), la «madre de la terapia familiar», que con su estilo cálido y directo conseguía que las familias hablaran honestamente entre sí por primera vez. De ella viene la hermosa frase: «The problem is not the problem. Coping is the problem.» – que, traducida libremente, significa que no es el problema lo que nos amarga la vida, sino la manera en que intentamos deshacernos de él.
Todos estos pioneros trabajaban con sistemas familiares. Pero faltaba una herramienta visual unificada que todos pudieran entender y que pudiera más que un árbol genealógico. Crear esa herramienta sería la tarea de una vida para una joven que en realidad había estudiado ruso. Que fuera precisamente una rusista quien pusiera orden en la terapia familiar es de esas vueltas de tuerca que la vida dispensa con cierta predilección por la ironía.