Existe una vieja sabiduría terapéutica que aconseja mantener la propia familia al margen del trabajo. Murray Bowen conocía esa sabiduría. Simplemente había decidido hacer exactamente lo contrario.
Bowen (1913–1990) era el mayor de cinco hermanos de una influyente familia de Waverly, Tennessee, y desde joven se había planteado una pregunta que suena inocente y no lo es: ¿Por qué ciertos problemas se transmiten en las familias de generación en generación? No genes, no dinero, sino patrones emocionales. La manera de pelear. La manera de callar. La manera de expresar o negar el amor.
En la década de 1950 se atrevió en el National Institute of Mental Health a un experimento que sus colegas consideraban una forma particularmente original de la locura: hizo que familias enteras en las que un miembro padecía esquizofrenia ingresaran juntas en la clínica. No solo el paciente: madre, padre, hermanos, todos en la planta de investigación. Lo que parecía un caos organizado resultó ser una mina de oro.
Porque lo que Bowen observó puso patas arriba la psiquiatría: los síntomas del miembro «enfermo» de la familia no eran con frecuencia más que la válvula de escape de tensiones que atravesaban todo el sistema. Si se curaba al individuo y se le devolvía a la familia, el problema migraba con admirable regularidad hacia el siguiente miembro. La familia era en eso extraordinariamente democrática: alguien tenía que sostener la patata caliente, y cuando uno la soltaba, otro la recogía.
En 1967 Bowen hizo algo sin precedentes en el mundo académico: expuso ante trescientos colegas en la Universidad de Georgetown su célebre «Anonymous Paper», que por supuesto no permaneció anónimo. Describió sin miramientos los triángulos relacionales y los enredos emocionales de su propia familia de origen. Aquí estaba un terapeuta que no se excluía a sí mismo de su propia teoría, y los oyentes no sabían si aplaudir o llamar al servicio de seguridad.
La conclusión de Bowen era tan sencilla que uno se pregunta por qué nadie la había alcanzado antes: las familias son sistemas emocionales, y sus patrones perduran a través de las generaciones. Pero ¿cómo hacer visible algo que la propia familia no puede ver, o no quiere ver?
Para eso hacía falta una herramienta. Y alguien que le diera un nombre.