Quien ha intentado alguna vez explicarle a su familia por qué es como es, conoce el problema de fondo: uno no ve el bosque a causa de los árboles. El genograma es la herramienta que convierte ese bosque en un mapa – y en el proceso hace visible precisamente lo que un árbol genealógico corriente prefiere callar.
Cuando el historiador y diplomático austriaco Michaël Eytzinger publicó en 1590 en Colonia su obra Thesaurus Principum, inventó de paso un sistema de numeración para los antepasados que se utiliza hasta hoy: la «tabla genealógica». Su propósito era tan sobrio como la diplomacia de su época: registrar sistemáticamente los árboles genealógicos de las casas reinantes europeas, para cuestiones de herencia, negociaciones matrimoniales y alianzas políticas. Lo que estos parientes sentían los unos por los otros no le interesaba a nadie.
Durante siglos, los árboles genealógicos siguieron siendo un instrumento de contables de la vida. Los registros parroquiales, llevados sistemáticamente desde el siglo XVI, proporcionaban los datos. ¿Quién se casó con quién? ¿Quién murió cuándo? ¿Quién heredó qué? Preguntas importantes, no cabe duda. Pero faltaba la pregunta que cambiaría todo: ¿Por qué hacen las familias lo que hacen – y por qué no consiguen dejar de hacerlo?
Habría que esperar hasta el siglo XX para que alguien concibiera la idea de que los diagramas familiares también podrían servir para lo que queda entre líneas en los registros parroquiales: para los patrones de relación, los vínculos emocionales y esos conflictos recurrentes que toda familia conoce pero ninguna admite.
El viaje del árbol genealógico al mapa terapéutico del alma es una historia que comienza con un panadero que huyó de los Habsburgo y termina provisionalmente en una pantalla donde usted puede hacer visibles los patrones familiares con un clic. Entre medias: un psiquiatra que puso a su propia familia en el diván, una estudiante de ruso que revolucionó la terapia, y un visionario desaparecido demasiado pronto que ya en los ochenta creía en los genogramas digitales.
Pero vayamos por orden. Empecemos por el psiquiatra que no quiso exceptuarse a sí mismo.